Dr. Rodolfo Cerdas

Los aspectos políticos de la reforma económica en Costa Rica

En un trabajo reciente, Eduardo Lizano y Norberto Zúñiga escriben: "A juzgar por los acontecimientos de los últimos años, el proceso de modernización ha entrado en un período de relativa fatiga ( adjustment fatigue ) y los indicadores sociales se han estancado, e incluso algunos hasta se han deteriorado. Las dificultades y obstáculos -la oposición- para transformar el país han resultado mucho más profundos de lo previsto y, lo que es aun peor, la voluntad para enfrentarlos pareciera no existir. El ímpetu inicial se ha perdido, así como el sentido de orientación. Buena parte de estos problemas han surgido debido a la falta de acuerdo entre los principales grupos de interés acerca de qué hacer. Así, el conflicto social ha llegado a representar un serio impedimento para lograr resultados económicos satisfactorios. Asimismo, se han presentado dificultades para determinar cómo proceder para lograr los propósitos y metas nacionales de mediano y largo plazo cuando ellos existen. El panorama ha estado dominado por profundas divergencias sociopolíticas. Las decisiones, o no se toman del todo, o bien, se adoptan pero al final de cuentas no se ejecutan. En realidad, las propuestas de solución no han escaseado, los diagnósticos han abundado, pero el paso de las ideas a los hechos no se ha concretado de manera satisfactoria." Yo creo que este diagnóstico es exacto y nos pone en la ruta de mi tema: los aspectos políticos de la reforma económica en Costa Rica.

No abordaré el tema desde un punto de vista académico, teórico, porque ello ha sido hecho ya, de un modo excelente, por la Dra. Nelson. Mi enfoque será más bien el que algunos politólogos latinoamericanos hemos llamado de política aplicada , en el sentido de un análisis concreto de caso, en las circunstancias coyunturales e históricas muy específicas de nuestro país. Además, Ludovico y Ronulfo me han advertido de que debo ser provocativo, para que ustedes sean los que discutan. Vamos a ver qué resulta.

Costa Rica presenta, objetivamente hablando, particularidades muy relevantes en toda la región centroamericana y el Caribe, no sólo en cuanto a su desarrollo histórico-social, sino en cuanto al proceso de formación de su Estado y su sistema político democrático. Y se encuentra enfrentada a la resolución de los problemas de su nuevo modelo económico de desarrollo, en la perspectiva de su integración con el mercado mundial.

Un aspecto importante, en nuestra situación actual, es que hay un modelo anterior, estatizante y proteccionista, que no se ha abandonado del todo y se resiste a morir. Y se ha avanzado, a partir de los años 80s. hacia uno nuevo, más abierto, liberalizado y vuelto hacia el mercado mundial, el cual, sin embargo, no se ha podido ni finiquitar ni consolidar, dada la oposición de una gran mayoría de nuestra población y de muy diversos sectores sociales. En general, puede decirse que estos han sido formados y educados en el modelo anterior y permanecen anclados en él, con una y la misma visión proteccionista y estatizante.

Esto nos pone en una situación híbrida que no sólo es paralizante, sino que amenaza con darnos lo peor de ambos modelos: del anterior, quedarnos con la burocracia y el gigantismo estatal, los déficits y las tendencias inflacionarias, así como con las viejas, múltiples y obsoletas estructuras del Estado. Y del nuevo, donde se pudo implantar, y no necesariamente donde se requería, con la desprotección de un Estado semidesmantelado e ineficiente; y con una libre competencia sietemesina, que atrae todos los riesgos de una apertura comercial y una liberalización deformes y desorganizadas, donde obtenemos muy pocas de sus eventuales ventajas.

Un enfoque de esta naturaleza implica, necesariamente, introducirnos en ciertas interioridades del funcionamiento de nuestro régimen político actual. En este sentido, bastaría señalar, como recuento, que nuestra clase política dirigente aparece no sólo dividida en fracciones electorales -lo que sería normal-, y en grupos de interés -lo que es natural y no debe asustar a nadie-, sino muy fracturada a todo lo largo de su estructura y extensión. Esto es particularmente cierto en el caso del Partido Liberación Nacional, donde diversas corrientes resultan enfrentadas mucho más allá de las aspiraciones y candidaturas. Es cada vez más evidente que en ese Partido existe, en este momento, no sólo una confrontación de carácter electoral, sino un serio agotamiento ideológico, programático y de liderazgo político. Mutatis mutandis -aunque menos obvio- algo similar ocurre en el grupo de gobierno. Esto ha conducido, por diversas vías y junto a otros elementos, a una especie de empate político que paraliza la acción legislativa y gubernamental.

Tenemos, pues, una situación muy interesante. Por lo que hace a las respectivas cúpulas de dirección e influencia, el tránsito a un nuevo modelo ideológico se ha ido haciendo poco a poco, pero de una manera mediatizada y mal, desde la identificación ideológica anterior: de vocación socialcristiana una y socialdemócrata la otra, aunque las dos populistas a rabiar. Sin embargo, por lo que se refiere a las estructuras y bases de los seguidores y simpatizantes de ambas agrupaciones, la transformación no se ha hecho del todo y más bien la cultura que ha seguido alimentándose en ellos ha sido la paternalista, la proteccionista o, más exactamente, la clientelista.

Por ello, electoralmente hablando, los electores siguen votando, aunque de manera decreciente -recuérdense las últimas elecciones-, por uno u otro partido. Pero desde el punto de vista ideológico y político, los ciudadanos siguen anclados en el modelo anterior, e instintivamente rechazan, y activamente se oponen, a los planteamientos que unos y otros hacen, para resolver los problemas de nuestro Estado, economía y sociedad.

A esto se suma el serio problema del desprestigio generalizado de nuestra clase política dirigente, de los partidos, del parlamento, del poder ejecutivo y de las instituciones autónomas. Las encuestas están allí y no creo necesario detenerme en ellas. Sí conviene sumarizar dos aspectos útiles para nuestro análisis de caso: primero, que la ciudadanía ha perdido la credibilidad y la confianza en dirigentes e instituciones, aunque todavía sin llegar a una deslegitimación, ni mucho menos, del régimen político. Esa erosión en la credibilidad ciudadana tiene fundamentos objetivos innegables, atribuibles a los comportamientos constantes y notorios de gran cantidad de miembros de nuestra dirigencia política nacional.

En segundo lugar, conviene destacar que uno de esos factores que ha jugado un papel decisivo en el desprestigio y desconfianza hacia nuestra clase política y los partidos principales, es la corrupción administrativa generalizada, profunda y con vínculos innegables con las formaciones partidarias, y la cual parece haber filtrado las fisuras más inimaginables de nuestra sociedad y Estado.

Siendo este problema de la falta de confianza y credibilidad, así como la presunción de corrupción en los actos políticos de partidos y dirigentes, mientras no se demuestre lo contrario, una característica predominante de nuestra vida política nacional, hay que reconocer que ello deviene un serio obstáculo, de hecho casi insalvable, para avanzar en un tema como el de las privatizaciones, en el cual la transparencia, la legitimidad y la limpieza políticas son esenciales. Con un ambiente en el cual tienden a escasear estos elementos de honorabilidad y confianza, resulta casi imposible afrontar con éxito, en un país como el nuestro, las tareas pendientes para la reforma económica y del Estado. Donde se requiere confianza hay duda; donde se necesita credibilidad hay sospecha; donde se demanda seguridad hay temor y zozobra.

Como si un clima subjetivo tan adverso no fuera suficiente, hay que sumar otros aspectos relevantes que también pesan en la toma de decisiones y en las percepciones ciudadanas. En primer término, nos encontramos que en las formaciones políticas llamadas a decidir, no ha existido ni claridad, ni acuerdo y ni siquiera precisión, sobre lo que quiere hacerse en materia de transformaciones económicas, sociales, políticas y estatales. Con un estilo muy característico de la manera política de actuar del costarricense, que en algunos casos puede ser nefasta, hemos optado por disimular, para no decir ocultar, con la magia de las palabras, las diferencias sustanciales de concepción y de objetivo que nos dividen, creando un equívoco juego de espejos, en que casi todo el mundo parece estar de acuerdo. Así no es posible debatir ni llegar a acuerdos o decisiones sólidas y sustanciales. En un evento reciente en el diario La Nación, en que se reunieron muchos de los principales líderes en el país -no eran todos los que estaban ni estaban todos los que eran-, al fin de cuentas me sentí como acunado por un coro de ángeles, dada la perfecta asonancia que había entre los principales representantes de todos los partidos. Sin embargo, esto es sólo apariencia. Porque cuando se llega el momento en que hay que decidir, no se decide; y si se toman decisiones, entonces éstas no se ejecutan a cabalidad. Todos quieren la salvación, pero ninguno quiere hacer penitencia con una clara y común definición de pecado.

Hay muchos ejemplos de esa magia verbal que ilustran lo anterior. Es frecuente oir a neoliberales consagrados que llaman a "modernizar" una institución, porque en la cultura política prevaleciente, más acorde con el modelo anterior, creen indispensable camuflar -en realidad ocultar- que lo que en verdad quieren hacer es "privatizar". Algunos llaman a esto realismo y habilidad política; y nos dicen: "como somos hábiles y realistas y no se puede hablar de privatización, pues intentamos hacer los cambios utilizando el nombre de modernización." Sin embargo, en la práctica, esto no es realismo. Es claudicación. Es llegar vencidos de antemano a la batalla. Es una pelea en la que parece no haber adversario, como Tío Conejo en el cuento del muñeco de cera: que a cada golpe que le daba, se quedaba pegado sin que el otro se molestara en contestarle. Paradójicamente, estas tío-conejadas y malabarismos verbales sólo se pueden hacer cuando quien los hace tiene el poder suficiente; pero no cuando se carece de él, o cuando no se tiene en la medida requerida para lograr el objetivo. Por esto sí pudo hacerlo el abate Godot, cuando un viernes de cuaresma quiso comer carne. Pidió, entonces, que le trajeran un bistec; lo bautizó pescado y se lo comió tranquilo. Aquí, en cambio, ya vimos lo que pasó cuando se nos quiso servir nuestras modernizaciones con los combos energéticos, arroceros y cebolleros, etc.

Creo que algunos de nuestros dirigentes han pretendido extraer enseñanzas de la derrota de Vargas Llosa en el Perú, la cual atribuyen a haber hablado claro sobre sus propósitos durante la campaña electoral. Ese es el análisis elitista y erróneo hecho por unas cúpulas partidarias incapaces de reconocer su responsabilidad en la derrota y de confiar en la ciudadanía. Lamentablemente, lo que se ha pretendido aprender de esa enseñanza es lo que esa enseñanza no enseña: que no hay que decir la verdad al pueblo; que eso no es táctico, que no es hábil, que es ingenuo y torpe.

En la Costa Rica contemporánea, con cambios tan grandes como los que se proponen, con la democracia que tenemos y la cultura política prevaleciente, ya no se puede engañar a nadie. Si se intenta hacerlo, los engañados serán otros. Y es que la batalla para las reformas no es, ni puede ser, simplemente electoral, como siguen creyendo algunos de nuestros dirigentes. Es política: ciertamente se va por el voto del ciudadano, pero también, y sobre todo, se debe ir por un cambio en la conciencia y en la tradicional cultura política burocratizante y clientelista de nuestro país. Por eso la política cupular ha mostrado sus limitaciones y, en la reforma de telecomunicaciones y electricidad, ha fracasado flagrantemente. No importa que la reforma de que se trate cuente a su haber con un acuerdo entre los hijos de los caudillos; o, como en el caso del combo energético, con nada menos que 45 de los 57 votos que integran la Asamblea. El problema es, pues, mucho más profundo que una simple mayoría parlamentaria y pone en tensión muchos de los resortes esenciales de nuestro sistema político.

El horror a la polémica y a llamar las cosas por su nombre, ha permitido presentar como acuerdos y coincidencias lo que siguen siendo diferencias insalvables. La ilusión ha sido tal, que en más de un caso se ha estado trabajando con la palabra consenso, entendiéndola como sinónimo de unanimidad. Se ha olvidado, así, que cambios profundos de la índole de los que están planteados, no pueden hacerse sin perjudicar ciertos intereses y grupos, lo mismo que no es posible hacer tortas sin quebrar huevos.

Es cierto que el hombre teme a las palabras. Pero el problema es que una cosa es jugar con las palabras, porque se tiene el poder para hacerlo; y otra muy distinta es quedar prisionero de ellas. Esta pérdida de poder verbal no es inocente ni gratuita. Significa que, en alguna medida, el poder se ha desplazado; que en la realidad, otros se han adueñado de las palabras, les han puesto su propio y particular significado; y que eso implica, en última instancia, cuando menos concesiones paralizantes y peligrosas.

"Cuando yo uso una palabra", dijo Humpty Dumpty..."ella significa justo lo que yo escojo que quiere decir- ni más ni menos."

"La cuestión es", dijo Alicia, "si usted puede hacer que una palabra signifique tantas cosas diferentes."

"La cuestión es", dijo Humpty Dumpty, "quién es el que manda.-eso es todo."

¿De qué se trata, pues? Hoy se trata de cuestiones esenciales, que requieren ser resueltas sin mayores posposiciones. De que, como dicen Lizano y Zúñiga en la obra citada, deben adoptarse las políticas adecuadas "para lograr tasas de crecimiento económico más elevadas, mayor estabilidad macroeconómica y, a la vez, sentar las bases para elevar la calidad de vida de toda la población. En realidad en este momento no se requiere cambiar el modelo de desarrollo como a principios de los años ochentas. Sin embargo, sí resulta indispensable profundizarlo y complementarlo con acciones que permitan al mismo tiempo beneficiar a los diferentes estratos de la población, especialmente los más necesitados, y mejorar la eficiencia y productividad de la economía (salud, educación, pensiones, seguridad ciudadana, infraestructura)." Sin embargo, en la realidad, agregan dichos autores, "no se resuelven los problemas, ejemplo claro de ello es el comportamiento de los desequilibrios macroeconómicos y el ritmo insatisfactorio del crecimiento económico (ni tan mal ni tan bien); no se ha mostrado capacidad de previsión, es decir se ha permitido la acumulación de problemas nacionales, la acción se pospone sine die ...; se mantiene una superposición de modelos: de manera simultánea, se está ante importantes elementos del viejo modelo que se desea cambiar y de otros propios del nuevo modelo que se desea establecer, pero ninguno de los dos llega a prevalecer (ni para delante ni para atrás)."

Fenómenos como los ya mencionados -el fraccionamiento político del poder, la situación crítica de las formaciones partidarias y, más recientemente, la forma en que fue derrotado el proyecto del Combo energético- han conducido a un clima muy difícil para la gobernabilidad de la nación. En primer término, el gobierno tiene tan sólo una débil mayoría legislativa para algunos de sus proyectos y urgencias. En segundo lugar, la principal fracción opositora se encuentra dividida en tendencias y carece de una visión y un propósito coherente y único. En tercer término, la dirigencia política general del país pasa por un estado generalizado de desprestigio y desconfianza entre la población, originado por las acciones propias y ajenas de los actores políticos. En cuarto lugar, el sindicalismo aparece concentrado en los empleados de cuello blanco -empleados públicos- e instituciones autónomas (energía, salud, educación, electricidad, telecomunicaciones, seguros, etc.), justamente las áreas más afectadas por las reformas. En quinto lugar, una parte importante del empresariado nacional nació al amparo del proteccionismo estatal, se hizo ineficiente y sigue soñando con la buena sombra gubernamental. En sexto término, la corrupción política y administrativa permeó los organismos del Estado de arriba a abajo y se ha extendido como una mancha de petróleo en toda la sociedad nacional. En sétimo lugar, esta corrupción generalizada ha marcado todas las iniciativas de apertura, privatización o venta de activos, con los interrogantes de la duda y la desconfianza, que fácilmente se convierten en arbitrarias certezas, sobre supuestos negocios, reales o imaginarios, montados o por montarse, sobre los bienes nacionales, por alguna de las cliques políticas con poder.

A todo lo anterior, hay que agregar la ausencia de una visión clara de los objetivos y fines que se buscan, de la orientación socio-política que debe seguirse en general, de las estrategias adecuadas para poner en práctica la consecusión de los objetivos, y de las tácticas necesarias para lograr el entorno político adecuado para las reformas que se proponen. Se sabe en general qué no se quiere. Pero no se coincide en detalle sobre lo que sí se quiere. En las generalidades e imprecisiones siempre parece haber acuerdo, en buena parte gracias a ese temor nacional a explicitar las diferencias con claridad. Pero no así en los detalles, donde bien se dice que se refugia el diablo.

Por eso no debemos engañarnos que la cuestión aquí es política. Y como tal, es una cuestión de poder. O se tiene éste para hacer las cosas, o no se tiene y no se pueden hacer. Así de fácil. El problema es que nos ha tocado un momento de gran transformación precisamente en coincidencia con una crisis generalizada de la élite dirigente, de los partidos, de la confianza en el parlamento y en los políticos y de gremialismo y particularismos notorios y generalizados.

Hoy las reformas son tan profundas como aquellas que se hicieron en los años 40. Pero, a diferencia de entonces, no se tiene claro ni el alcance de la reforma, ni su fisonomía; y no existe una conciencia social consolidada a favor del cambio. Además, la cultura política milita en contra de la reforma, pues nuestro pueblo ha sido educado por décadas en la retórica del Estado intervencionista y el Estado empresario. Además, el afán por las reformas no debe olvidar -como algunos lo hicieron en el comienzo de la ola neoliberal-, que nuestra cultura democrática no reclama sólo de derechos y libertades individuales, sino que para nuestro pueblo la democracia incluye trabajo, salud, seguridad, educación y, en general, lo que llamamos garantías sociales. Hoy día, también le agrega las garantías ecológicas.

Por eso mismo, no puede invitársele al ciudadano común a lanzarse al vacío, invocando abstracciones que no están claras y que, además, no operan para otros: libre competencia en precios y servicios, pero no en taxis porque los diputados quieren sus placas y sus choferes. No protección estatal para pequeños productores, pero sí CATs y dogs para los grandes y enormes. Desnacionalización del ICE, pero no de aquellas entidades en las que algunos se han beneficiado, como en BICSA, donde si el ente no hubiera estado organizado como una sociedad anónima, según ha informado la prensa, más de uno habría parado en la cárcel. Reforma del Estado, que decreta la eliminación fulminante de unas pocas instituciones declaradas inútiles e ineficientes -y que, por lo demás, no eran esenciales-, pero que, decretos aparte, siguen funcionando como si nada, haciendo cierto aquello de que los muertos que vos matáis, gozan de buena salud.

Con semejantes incoherencias, trayectorias y prácticas, ahora conocidas y comentadas por todas las capas de la población, no es posible cambiar la cultura política de la ciudadanía y menos acceder a una nueva conciencia social que se incline más a la libertad que a la seguridad. Y este factor, esencial para alcanzar los cambios profundos que se demandan, no puede ser sustituido por una política cupular, que si bien pudo servir en el pasado, en la Costa Rica actual y con la presente correlación de fuerzas, resulta cuando menos insuficiente.

Se trata, en suma, de quién tiene el poder, para qué lo quiere y cómo lo usa. Claro está que, en nuestro caso, eso se da dentro de una democracia y un Estado de Derecho. Pero, en esencia, ésa y no otra es la cuestión. El poder se tiene o no se tiene. Se ejerce o no se ejerce. Se es hábil, torpe o inepto para utilizarlo. Si el poder político no se tiene, o el que se tiene es insuficiente, pues hay que buscar la forma de alcanzarlo o ampliarlo, mediante la construcción de una nueva y más amplia base de apoyo político. En cuanto a su ejercicio, hay que recordar el dicho aquél de que el poder sólo se tiene si se ejerce; donde no, el poder lo estará ejerciendo otro, porque todo vacío de poder es transitorio, pues la sociedad, como la naturaleza, también le tiene horror al vacío y lo llenará de cualquier modo.

La cuestión de cómo se ejerce el poder se vincula directamente con el para qué de los objetivos que se quieren alcanzar. Debe haber una proporcionalidad entre medios y fines, una ratio que se explica por sí misma. Así como no hay que usar el poder en exceso para objetivos mínimos, mucho menos hay que emprender grandes tareas, cuando no se tiene el poder en la cantidad y calidad requeridos para cumplirlas.

Sin embargo, en nuestro caso, hemos emprendido una transformación profunda, que exigiría un acopio de poder excepcional, en condiciones de debilidad evidente. Por eso, más que nunca, se requiere una estrategia de construcción de poder, cimentada en una línea táctica de pequeñas, sucesivas y acumulativas victorias políticas. Había que comenzar por lo realizable aquí y ahora: en nuestro caso -lo doy como un ejemplo-, por BICSA, no por el ICE. Tener éxito en lo pequeño y, con el poder demostrativo de los resultados, acumular fuerzas para emprender sucesivamente otras luchas capaces de brindar nuevos éxitos; y así hasta que se tuviera el poder político suficiente y el estado de conciencia social necesarios para emprender la transformación de una entidad tan sensible como el ICE, aunque sabiendo muy bien y claramente qué es lo que se pretende hacer con él.

Como no se trata del poder por el poder, ni del poder para administrar la crisis, como estamos acostumbrados a ver en gobiernos que vienen y van, sino del poder político requerido para lanzarse seriamente a reformar el Estado, modernizar la economía, desburocratizar la sociedad e impulsar el desarrollo del país en las condiciones de la globalización, las tareas son otras muy diferentes e inéditas. Así, es cada vez más evidente que para alcanzar objetivos tan importantes y de relevancia histórica se requiere:

  • un gobierno fuerte, aunque no de fuerza.
  • un gobierno con autoridad, aunque no autoritario.
  • unas políticas de cambio, pero con consistencia y continuidad.
  • una fuerza en favor del cambio con mayoría, pero no sólo parlamentaria sino también entre los sectores dinámicos de nuestra sociedad.
  • unas estrategias de mediano y largo plazo, pero con tácticas adecuadas que permitan acumular poder y dar aquellas batallas que pueden ganarse no sólo en la lucha parlamentaria, sino en la conciencia de la población.

Sin esos elementos políticos y con una sociedad sin conciencia de cambio, en una democracia como la costarricense, donde los políticos han activado por todos los medios, y sin mucha responsabilidad ni prudencia, la participación ciudadana, no podrán haber cambios por el mero hecho de que las cúpulas partidarias se pongan de acuerdo. Se necesita impulsar una conciencia de cambio, no sólo mediante información y propaganda, sino a través de un manejo calculado y hábil de crisis parciales, que utilicen la experiencia popular de manera positiva y favorable al cambio. En otras palabras, el cambio no debe ser sólo el resultado de una convicción intelectual de minorías ilustradas, sino de una necesidad social de masas.

Por ello mismo, no hay que temer a las crisis, sino controlarlas y encausarlas para destruir lo viejo y construir lo nuevo, aprovechando el descontento popular con el funcionamiento del Estado y sus instituciones, así como contra la mala calidad de los servicios públicos y el alto costo de la vida. Hay que dejar de lado la pretensión de soluciones quirúrgicas anestesiadas o de curaciones milagrosas. Es inevitable afectar múltiples intereses y tener que vencer ciertas resistencias, ya provengan de grupos gremiales o de sectores empresariales, burocráticos o de cualquier otra índole. Hay que reducir los costos, desde luego; pero hay que olvidarse de que estos pueden ser evitados.

Asimismo, conviene poner a contraluz aquellos intereses que están en juego. La transparencia de estos es esencial, porque nadie va a creerse la historia de que, por ejemplo, los cambios en telecomunicaciones no incluyen intereses concretos y particulares que resultarán beneficiados de un modo u otro. El punto no es que esos intereses existan, porque desde luego que existen y actúan. La cuestión es que sean legítimos, transparentes y controlables, y que sus pretensiones no sacrifiquen los verdaderos intereses nacionales de desarrollo al cálculo particular. Es bueno recordar aquí, que en muchos casos lo que se teme es que no sea ya el interés de empresarios el que esté en juego, sino el de políticos metidos a comisionistas, como parece haber sucedido en el pasado reciente con algunos de los negocios de CODESA.

El punto central, otra vez, es el de la credibilidad y la confianza, así como el de qué es lo que quiere hacerse de manera concreta y para qué. Esto pone en marcha una dialéctica de lo necesario, lo conveniente y lo posible. Esto último lo determina no sólo un sector, sino también el adversario; y, en el caso costarricense, también la participación ciudadana extraparlamentaria, dado el desprestigio de nuestro parlamento. Por eso mismo hay que elaborar una receta criolla de reforma, con los ingredientes con que contamos y no con los que deberíamos tener. Y -en buena hora-, con el convidado de piedra popular que va a participar, no sea más que porque los propios políticos, con su demagogia sobre la democracia participativa, lo despertaron e invitaron a sentarse a la mesa.

Es en una situación de esta índole donde la política se convierte en arte. Donde no basta el saber, ni el querer, ni el entender. Lo que se requiere es el poder lograr lo que se ha propuesto. Ahí es donde esta el quid de la cuestión. Allí es donde se van a medir el estadista y su equipo. Porque en general, salvo en dictadura y muchas veces ni en ésta, nadie concentra todo el poder que se necesita. Ese poder político suficiente, en una democracia como la nuestra, hay que conseguirlo con perseverancia, habilidad y paciencia. Pero también hay que saber usarlo, para no utilizarlo más allá de donde se ocupa, o para no perderlo inútilmente, arriesgándolo en partidas donde no se tiene el poder suficiente para salir adelante.

Hoy, luego de la experiencia negativa del llamado combo energético, nos encontramos en una situación política bastante delicada. Es necesario replantear la agenda nacional, tratar de reganar la iniciativa y reformularse con claridad cuáles son los objetivos posibles, viables y convenientes que cabe plantearse en las circunstancias desfavorables actuales. Es necesario reconstituir la confianza en el equipo de gobierno y desalentar aquellas acciones que apuestan a una debilidad política que tiene muchos visos de realidad. Pero ante todo, hay que perfilar la reforma posible, viable y necesaria que corresponde a la correlación de poder de las distintas fuerzas sociales que tienen presencia en nuestra vida social y política.

Y a propósito de esto de la confianza y para que vean ustedes lo que ocurre con ella cuando la usan y abusan ciertos políticos, y lo relativo que tiene que ser su significado en ciertos casos, se me ocurre terminar con un brindis que me ofreció un día, en la Georgia soviética, lejana en el tiempo y la distancia, un pícaro anciano de más de cien años, al que llaman Tamadá , en un almuerzo de verano en medio del bosque. El Tamadá alzó su copa de buen vino del Cáucaso y me dijo:

"Voy a contarle una historia que es cierta. Un día iba un hombre para su casa y al pasar sobre un charco oyó una voz que le dijo:

"¿Dónde vas, hombre?"

Este volvió a ver y, para su sorpresa vio que era una rana la que le hablaba. No obstante le contestó:

"A casa"

La rana repuso entonces:

"Yo quiero ir contigo."

El hombre aceptó, la echó en el bolsillo y siguió su camino. Al llegar a la casa, el hombre se sentó a comer y beber. Entonces la rana le preguntó:

"¿Qué haces?"

"Pues como y bebo vino", repuso el hombre.

"Yo quiero también comer y beber" dijo la rana.

El hombre le sirvió y la rana satisfizo sus deseos. Cuando el hombre se fue para su cuarto y se recostó en su cama, la rana llegó y le preguntó que qué hacía. El hombre respondió:

"Pues descanso y duermo"

"Yo también quiero", dijo la rana, a lo que el hombre accedió.

Sin embargo, al acostarse en la cama, la rana se convirtió en una bellísima princesa desnuda. En ese preciso momento entró la esposa del hombre. Este, alarmado, le explicó lo sucedido. Sin embargo, su mujer no le creyó.

"Por eso, dijo el viejo Tamadá , brindemos por la confianza."

Muchas gracias.

 


© 2006 Centro de Investigación y Adiestramiento Político Administrativo
Diseño y hosting por INTERDESA