Palabras del Dr. Rodolfo Cerdas
Semblanza de Samuel Stone
Es una gran satisfacción compartir con todos ustedes este sincero y merecido homenaje a
nuestro querido amigo Samuel Stone.
Como a mí siempre me ha tocado la tarea de criticar su trabajo, de hacer de abogado del diablo,
decirle algunas veces que no y señalar debilidades donde otros hallaron ocasión de alabanzas, siento que hubiera sido mejor que él estuviera atendiendo a alguien en la entrada, para así, en su ausencia, poder hablar bien de él con toda libertad. No vaya a ser que la próxima vez que lo critique, se defienda haciéndome citas de lo que aquí dije…Pero bueno, no es así y no me queda más remedio que por primera vez hablar bien de él en su presencia. “Quel tirad…” como diría Sam.
Hoy me limitaré a hacer algunas consideraciones sobre su obra y sus contribuciones al desarrollo de la ciencia social, a lo que enlazaré –y pido excusas por ello- algunas apreciaciones personales, que ayudaron al encuentro de nuestros caminos y el desarrollo de una amistad excepcional.
Para comenzar, recuérdese que Sam comenzó la reforma de la Escuela de Ciencias Políticas con Jaime Daremblun de un lado, conmigo en el otro y él en el centro. Claro que así el equilibrio estaba garantizado. ¿Pero poder ir hacia adelante, hacerlo bien y constituir un triunvirato? Bueno, el mago de Sam lo hizo.
Destinado a ser costarricense, Sam llegó para anclarse profundamente en nuestra historia intelectual y enriquecerla en uno de sus momentos más críticos. Samuel ingresó a la Escuela Buenaventura Corrales, donde también llegaría yo, entre los tumbos de la guerra civil de 1948. Allí él recibió la formación y guía de la niña Rosita Font, una mujer excepcional, a quien resulta que yo también le debo una ayuda decisiva en un momento crucial de mi niñez, cuando la intolerancia política de la guerra civil y de la guerra fría se cebaban en mi contra, con solo nueve años de edad.
En la Buenaventura Sam forjó un núcleo heterogéneo de amistades, que lo vincularon a un selecto grupo de amigos que él tanto quiere y que tanto cariño le ha tenido.
(Bueno, aunque también se ganó el justificado resentimiento de Edgar Pacheco, quien todavía hoy le reclama que mientras a Sam lo tocó exponer en clase sobre el avión, a él le tocó hacerlo sobre el tediosísimo !péndulo!).
Pero aparte de ese reclamo justificado, la escuela pública ayudó a Sam a acercarse a las realidades de una sociedad con notorias desigualdades sociales, asentada, sin embargo, en los mejores valores de nuestra nacionalidad.
Lejos de hundirse en un elitismo aislante, egoísta e inaccesible, esa experiencia le sirvió para fortalecer lo mejor de su elevada condición humana, avivarle su curiosidad científica y su capacidad de distanciamiento y observación, afinarle su mirada penetrante y cimentarle un hondo y sincero humanismo.
Este humanismo consustancial con Samuel, es el que cotidianamente encontramos en su trato personal, en su excepcional comprensión del otro y en su reconocida habilidad para trascender barreras sociales, hacer que con él éstas no existan y que las gentes más humildes, no solo se abran y comuniquen, sino que se sientan en libertad de expresarle sus más hondos sentimientos.
Con la sencillez y la humildad natural que lo caracterizan, Sam tiene un corazón sensible que busca, hasta más no poder, “no majarle los pies a nadie”, como a él le gusta decir. Esto ha hecho que más de uno se equivoque y no valore, dada su actitud apacible, prudente y conciliadora, su fuerza de voluntad y su valor personal. Esto lo podría testimoniar –entre otros-, uno de los exprofesores más agresivos e ingobernables de la Universidad -que por cierto también era un destacado actor político-, el cual murió sin salir de la sorpresa que se llevó cuando Samuel, limpia, tranquila e inapelablemente, lo puso por primera vez en su lugar.
Su sencillez y bonhomía, no han podido ocultar su sólida formación académica y su cultura excepcional. Con naturalidad y sin alardes de erudición, esas cualidades han iluminado siempre sus aportaciones al desentrañamiento de nuestra realidad. A Sam, como decía José Martí, “jamás le estorbaron los libros”: ni para comunicarse con gentes de todas las condiciones sociales, ni para adentrarse profundamente y sin prejuicios en los aspectos más inexplorados de la realidad, ni para hacer accesibles sus hallazgos.
Sus enfoques y métodos se han ajustado siempre a los hechos y a la realidad, que ha contextualizado históricamente. Por eso sus sólidos hallazgos han llegado a nuestra ciencia social para quedarse y marcan, con su impronta imborrable, el quehacer de la sociología histórica en Costa Rica y Centroamérica.
En los años 70, cuando Sam regresaba de París, estaban de moda los más rígidos marcos conceptuales que ataban al investigador a esquemas preconstituidos y dogmatizados. Samuel no se doblegó a la moda y se aventuró a desarrollar una metodología propia, que rompiendo dogmas y rigideces finalmente ayudó a liberar nuestra ciencia social. Recuerdo las críticas que desde un supuesto Tribunal de la Historia algunos le hacían, como si fueran dueños de la verdad. Uno de ellos, “de cuyo nombre no quiero acordarme”, prometió públicamente que dedicaría el resto de su vida a refutar la obra de Samuel. Muchos de estos caballeros, poco después, tuvieron que alabar y utilizar los aportes metodológicos introducidos, primero que nadie, por Samuel.
Además de esa contribución ya clásica, Samuel mostró que es un hombre de su época, de iniciativas y de acción. Lejos de pasar por el mundo sin entender los acontecimientos, Sam ha sabido vivirlos y aprender de ellos, ya fuera en los duros años del servicio militar, la época revolucionaria de Mayo del 68 en París - cuya chispa inicial había saltado en la clase de su profesor Francois Bourricaud-, o la etapa turbulenta y agitada de los años 70 en nuestro país, cuando empezaban a oirse, aquí y allá, los truenos aun lejanos de la tormenta revolucionaria centroamericana de los 80s. Y así sucesivamente.
Todos estos hechos han hallado en Samuel un intérprete lúcido, enemigo de los simplismos, de las visiones puramente reactivas, timoratas o fundadas en prejuicios.
(Justamente la calidad de sus enfoques sobre Mayo del 68, motivaron nuestro primer encuentro, provocado por mi hermano Jaime y su esposa Sonia, que habiendo hecho amistad con Sam y Haydée en París, insitieron en que yo conociera sus análisis profundos e iluminadores. Y fue así que cimentamos una amistad que siendo para siempre, ha sabido afrontar y resistir las acometidas más variadas y poderosas).
Aparte de esta disgresión personal, cuando estalló la crisis centroamericana, Samuel fue quien explicó, a quienes solo habían descubierto el istmo porque ya la violencia sacudía la región, que sin una contextualización adecuada los simples hechos políticos no podían explicar ni el origen de lo que ocurría, ni las dificultades de una solución permanente. Y es que Sam ha ido siempre mucho más allá de las cifras, esforzándose por desentrañar la naturaleza y esencia de los procesos.
Además, ha sabido combinar la enseñanza con la investigación, el liderazgo efectivo con la siembra y el estímulo a las nuevas generaciones. Así, como Director y profesor en la Escuela de Ciencias Políticas, nos enseñó que se investigaba para enseñar y se enseñaba para investigar. En su visión no había ni el divorcio burocrático que empobrece el resultado, ni una estéril especialización que impide el diálogo.
(Aquí debo hacer, en justicia, un aparte. Porque, para dolor de cabeza y prueba de paciencia para Haydeé y toda la familia, Sam llevaba la tarea de formación de sus alumnos hasta su propia casa, no siempre con los mejores resultados. Porque más de un mal alumno hizo algún desastre. Y como -contra lo que yo esperaba-, Samuel sigue vivo cuando era de “ahorcarlo”, aprovecho el momento para felicitar a Haydee, y en ella a toda su familia, por su paciencia, ayuda, apoyo y compresión, aun en las situaciones más difíciles y complejas).
Con su generosidad y desprendimiento reconocidos, Sam sentó las bases para una elevación del nivel académico de nuestras ciencias sociales, abriendo el camino de Francia y La Sorbona a toda una generación, que se honra de haberlo tenido como profesor y guía. Esto lo han sabido valorar siempre sus mejores alumnos, independientemente de las diferentes inclinaciones políticas, sociales o culturales, predominantes en la agitada década de los 70s. Y es que ante un ejemplo semejante, que resumaba humildad en medio de excelsitud, era imposible que los más brillantes y críticos de todos ellos no hubieran sabido apreciar la excepcional oportunidad que tenían de poder educarse con él.
Por eso, también, el nombre de Sam está escrito en la vida académica e intelectual de este país, con letras aun más indelebles que las del metal de la placa que honrará las paredes de esta institución.
Como si todo esto no hubiera sido bastante, vino luego la fundación de CIAPA y un nuevo impulso creador se puso en marcha. Hoy el nombre de nuestra institución es conocido en toda Centroamérica, en la Región Andina y en el Cono Sur. Y ha sonado con fuerza, vigor y justificado prestigio, en conferencias, seminarios y publicaciones en las mejores universidades norteamericanas, españolas, francesas, alemanas, inglesas y rusas. Ha sido un trabajo fructífero y enriquecedor, que solo se pudo hacer por la visión, la decisión y la fuerza de voluntad con que Sam emprendió este largo, duro y hermoso camino.
Y acabo aquí, haciendo mención a algo que quería traer a cuento.
(No se trata ni de lo mal cazador que es, ni el pésimo pescador que sigue siendo –que dejó escapar la macarela más grande y linda que hayamos visto-, ni que mis hijos piensan que sabe navegar a vela.)
No. Me quiero referir a su gran sentido del humor,
(que, por cierto, comparte con mi hijo Luis Rodolfo para mi castigo. Es que ambos son del signo Libra y nada se puede hacer.)
el cual debo reconocer que, con su manera de hacer chistes y con sus salidas, desespera a algunos y hace meditar a otros unos dos o tres días para poderlos entender. Pero que, sin que se sepa cómo, es un sentido del humor tan especial, que a todos nos han alegrado profundamente la vida y forma parte de lo mejor de nuestros recuerdos. De él esperamos siempre la frase oportuna y la ironía más fina y profunda que alivia las tensiones y pone las peores situaciones en el lugar que realmente les corresponde, sin dramatismos artificiales, ni exageraciones paralizantes. Sus dichos y sus bromas, que como hombre sabio lo alejan de toda solemnidad vacía, son siempre una expresión más de su gran bondad y de su elevado sentido humano y espíritu de amistad. Sus salidas –y, por qué no, entradas, como diría él-, bastarían por sí solas, al margen de su obra inmensa, para poder decirle, alegres y agradecidos: !muchas gracias Samuel! Conocerte, ha sido una de las grandes dichas de nuestras vidas.